jueves, 12 de mayo de 2016

¿VOTO MASIVO O VOTO REFLEXIVO?
Samuel Pérez García

Cuando un partido vive en el pleistoceno político le apuesta siempre al voto masivo (entendido este concepto como que se vote por el candidato a gobernador y por los diputados del mismo partido), antes que al voto selectivo, reflexivo y crítico. De esta enfermedad –la del voto masivo- no escapa ningún partido. Es el síndrome del absolutismo, que prevaleció allá por el siglo XVII, y que precisamente dio origen a la revolución del siglo XVIII, que encabezó Francia y heredó a la modernidad la representación política de la sociedad en los ya famosos tres poderes: El ejecutivo, el legislativo y el judicial.
Apelar a un voto masivo es como pensar –aquel que lo promueve- que se cuentan con todos los atributos en cada una de las candidaturas que hoy se juegan en varios Estados de la República. Pero hasta donde se tienen noticias, en todos los partidos falló el proceso de selección, precisamente porque el síndrome del absolutismo hizo presa de los dirigentes, al imponer en todos en o en lugares estratégicos, a sus incondicionales, que si no rebuznan es por gracia de Dios.
En la circunstancia actual, la de Veracruz, es lógico que los partidos quisieran (sueñan) que el voto de la sociedad les favoreciera absolutamente. Pero eso es como pensar que podemos llegar a la luna en una avioneta sencilla y no en una aeronave moderna (o cohete) que venza la influencia de la gravedad.
Pero aceptemos, sin conceder, que la sociedad decidiera por una voto masivo en favor de un candidato. ¿Qué pasaría? Que volveríamos a la misma condición de hoy: un gobernador absoluto que todo lo decide, hasta robarse el dinero del erario, sin que los congresistas puedan decirle nada, puesto que ellos se deben a dicho gobernador, quien les concede todo lo posible para que vivan contentos. Congreso y Ejecutivo son uña y mugre. Ambos se cubren las suciedades que arrojan de vez en vez.
Frente a esa condición y evitar la tropelía, considero que la mejor forma de vida política sana a la que se puede aspirar es la de equilibrar los poderes como pensaba Montesquieu. Necesitamos un gobernador honesto, justiciero, pero también un Congreso que no haga lo contrario a la decencia en el manejo de los recursos públicos por las diferentes secretarías de gobierno así como en el manejo operativo de la justicia. Para eso es necesario que los congresistas sean opositores al gobernador. Y que mejor si son de otro partido, en caso contrario, se taparán con la misma cobija. Es falsa esa idea de que si un gobernador es de un partido y el Congreso de otros partidos, no podrá trabajar. A mí me parece que podrá trabajar mejor, porque obligará a diseñar una estrategia de gobierno en consonancia con la ley y no debido a la arbitrariedad de cada polo. Así, si se trata de obrar bien, tenga o no un congreso a modo, el gobernador podrá realizar todo su programa de gobierno, porque en caso de una oposición injustificada de ese Congreso, el gobernador podrá apelar al máximo tribunal político, que es el pueblo, y frente a este, no hay Congreso que pueda decidir asuntos contrarios al bienestar común. Por lo tanto, mientras el gobernador tiene de pared al congreso, éstos tienen de tope al pueblo que apoye a su gobernador.
Por eso, en lugar de convocar a un voto masivo por un partido, en mi caso prefiero convocar a un voto reflexivo y crítico, porque un voto razonado es un voto que sirve más, porque cuando ese gobernador me convoque a la plaza pública ahí estaré para refrendar mi apoyo y recordarle que yo voté por él, y estoy con él en las buenas horas y en las malas.
Sin voto reflexivo no es posible orientar el camino, ni ayudar en mucho a las contingencias política que pudiera tener un gobernador democrático. Que, lógicamente, en este caso, me refiero al maestro Cuitláhuac García, por quien promuevo un voto pensante, reflexivo que incida  en el cambio verdadero que Veracruz necesita.
Hasta la victoria siempre. Cuitlahuac, Gobernador de la democracia. Morena va.