¿VOTO MASIVO O VOTO
REFLEXIVO?
Samuel Pérez García
Cuando un partido vive en
el pleistoceno político le apuesta siempre al voto masivo (entendido este
concepto como que se vote por el candidato a gobernador y por los diputados del
mismo partido), antes que al voto selectivo, reflexivo y crítico. De esta
enfermedad –la del voto masivo- no escapa ningún partido. Es el síndrome del
absolutismo, que prevaleció allá por el siglo XVII, y que precisamente dio
origen a la revolución del siglo XVIII, que encabezó Francia y heredó a la
modernidad la representación política de la sociedad en los ya famosos tres
poderes: El ejecutivo, el legislativo y el judicial.
Apelar a un voto masivo es
como pensar –aquel que lo promueve- que se cuentan con todos los atributos en
cada una de las candidaturas que hoy se juegan en varios Estados de la
República. Pero hasta donde se tienen noticias, en todos los partidos falló el
proceso de selección, precisamente porque el síndrome del absolutismo hizo
presa de los dirigentes, al imponer en todos en o en lugares estratégicos, a
sus incondicionales, que si no rebuznan es por gracia de Dios.
En la circunstancia
actual, la de Veracruz, es lógico que los partidos quisieran (sueñan) que el
voto de la sociedad les favoreciera absolutamente. Pero eso es como pensar que
podemos llegar a la luna en una avioneta sencilla y no en una aeronave moderna
(o cohete) que venza la influencia de la gravedad.
Pero aceptemos, sin
conceder, que la sociedad decidiera por una voto masivo en favor de un candidato.
¿Qué pasaría? Que volveríamos a la misma condición de hoy: un gobernador
absoluto que todo lo decide, hasta robarse el dinero del erario, sin que los
congresistas puedan decirle nada, puesto que ellos se deben a dicho gobernador,
quien les concede todo lo posible para que vivan contentos. Congreso y
Ejecutivo son uña y mugre. Ambos se cubren las suciedades que arrojan de vez en
vez.
Frente a esa condición y
evitar la tropelía, considero que la mejor forma de vida política sana a la que
se puede aspirar es la de equilibrar los poderes como pensaba Montesquieu.
Necesitamos un gobernador honesto, justiciero, pero también un Congreso que no
haga lo contrario a la decencia en el manejo de los recursos públicos por las
diferentes secretarías de gobierno así como en el manejo operativo de la
justicia. Para eso es necesario que los congresistas sean opositores al
gobernador. Y que mejor si son de otro partido, en caso contrario, se taparán
con la misma cobija. Es falsa esa idea de que si un gobernador es de un partido
y el Congreso de otros partidos, no podrá trabajar. A mí me parece que podrá
trabajar mejor, porque obligará a diseñar una estrategia de gobierno en
consonancia con la ley y no debido a la arbitrariedad de cada polo. Así, si se
trata de obrar bien, tenga o no un congreso a modo, el gobernador podrá
realizar todo su programa de gobierno, porque en caso de una oposición
injustificada de ese Congreso, el gobernador podrá apelar al máximo tribunal
político, que es el pueblo, y frente a este, no hay Congreso que pueda decidir
asuntos contrarios al bienestar común. Por lo tanto, mientras el gobernador
tiene de pared al congreso, éstos tienen de tope al pueblo que apoye a su
gobernador.
Por eso, en lugar de
convocar a un voto masivo por un partido, en mi caso prefiero convocar a un
voto reflexivo y crítico, porque un voto razonado es un voto que sirve más,
porque cuando ese gobernador me convoque a la plaza pública ahí estaré para
refrendar mi apoyo y recordarle que yo voté por él, y estoy con él en las buenas
horas y en las malas.
Sin voto reflexivo no es
posible orientar el camino, ni ayudar en mucho a las contingencias política que
pudiera tener un gobernador democrático. Que, lógicamente, en este caso, me
refiero al maestro Cuitláhuac García, por quien promuevo un voto pensante,
reflexivo que incida en el cambio
verdadero que Veracruz necesita.
Hasta la victoria siempre.
Cuitlahuac, Gobernador de la democracia. Morena va.