domingo, 19 de julio de 2015

EN TORNO A LA RAZÓN DE NUESTRA POBREZA

Samuel Pérez García

Acostumbrados a mirar los conflictos desde una perspectiva positivista bastante limitada, en un conflicto social hablamos de usuarios y propietarios, o de vendedores ambulantes contra un nivel de gobierno establecido, o de empleados y patrones. Decimos también que el pueblo es el que manda y el gobierno debe obedecer. Pero nunca nos referimos, salvo raras excepciones, a esa estratificación social que originada en el modo como la sociedad se organiza para producir, crea grandes diferencias económicas que rebasa lo imaginable: un gran grupo de empobrecidos materialmente, y otro reducido, quien aprendió a disfrutar la vida en opulencia.
Esta diferencia ha ocasionado diferentes mecanismos  para seguirla sosteniendo en el imaginario social: económicos, culturales, educativos, políticos e ideológicos, incluso religiosos, unos tan sutiles que ni se notan. De ese modo, los pobres razonamos la pobreza en términos ajenos a las reales causas de nuestra condición: no por el modo de hacernos producir, sino a otras cualidades, que si bien están allí no son determinantes, por ejemplo: la flojera, la irresponsabilidad, la falta de conciencia, el no haber estudiado alguna profesión, o simplemente haber nacido pobre. Y a los de arriba, los vemos como todo lo contrario: trabajador, responsable, con iniciativa e inteligencia, estudioso de su entorno, pero sobre todo haber nacido en una familia opulenta. En ese sentido, la diferencia de que unos sean más que otros, en términos de economía, se debe a cualidades que dependen de nuestra propia manera de ser. No hay ahí ninguna otra lógica explicativa. Frente a eso, se dice, hay que concientizarnos cultural y educativamente para elevarnos a otro nivel económico. Y entonces, nos hacen creer –cuando jóvenes somos- el sueño que estudiando una profesión dejaremos de ser pobres, pero aunado a esto se nos induce que al mismo tiempo, recibamos unos cursos para gente emprendedora para que tengamos iniciativa, nos hagamos responsable, que es donde entra a funcionar Miguel Ángel Cornejo y sus cápsulas motivantes para forjar espíritus con iniciativa del que México requiere.
Al obrar así, lo único que se realiza es ocultar la realidad, porque en lugar de atacar la causa del problema, se ataca las consecuencias, quiero decir, atacamos la supuesta causa de la falta de riqueza, pero no la real, pues un grupo o un individuo puede recibir los mejores cursos de motivación y asistir a la UNAM para formarse en alguna área de la ciencia, pero no por eso brincará al nivel de Carlos Slim, o superará la medianía de su condición económica. Tal vez nos avispemos mejor, pero seguiremos engrosando la fila de los empobrecidos, aunque con otro formato: nuestra pobreza y esclavitud se medirá en términos de ya no vivir en un barrio marginado, pero sí nuestra casa será de Infonavit, comprada a crédito, pequeña y a la medida de las posibilidades, pero ahora, peor todavía, nos nacerá la idea que ya la hicimos. Así, nos creemos haber escalado otro nivel y eso nos conducirá a oponernos tajantemente cuando otros más pobres bloqueen una calle, una carretera y no nos dejen llegar a tiempo a la fábrica donde día con día nos explotan la última gota de sangre, que con magros alimentos reproducimos todos los días.
Esto sucede porque nunca se nos hizo ver que la causa de la pobreza o de la riqueza no es la escuela a la que haya asistido o con quienes nos relacionemos, sino el modo cómo nos incrustamos en el modo de producción. Y en este modo, sólo hay dos vías de incrustación: ser asalariado o ser capitalista. En el modo como nos ubiquemos está el secreto. Si somos asalariado estamos obligado a trabajar –entregando en prenda la plusvalía que producimos al patrón- y si somos capitalistas, a exigir que esa plusvalía no baje su nivel.
De aquí deviene, que si el patrón nos aumenta un peso al salario, entonces, o bien exige que se produzca más para recuperar ese peso, o bien le incrementa ese peso al producto, porque su consigna es nunca perder la taza de plusvalía que proyectó.
Sin embargo, para que eso funcione mejor, se crean los mecanismos justificadores, que en otro nivel de percepción de la realidad, se llama ideología, y ésta no es más que argumentos que pretenden convencer a ambas partes de que la medida tomada beneficiará a todos. Son justificaciones cuyo fin no es más que introducir la resignación a  seguir permaneciendo igual. En este caso, no sólo entra el argumento político, sino el jurídico, el religioso, es decir, toda esa serie de formas de razonamiento que intentan convencer de que se sigamos reconociendo que, la vida está mejor, pero estuviera más si no existiera esa diferenciación de extracción de la riqueza, que a unos los mantiene pobres, y a otros ricos. Pero cómo no la podemos cambiar, hay que irse a bailar el fin de semana, y seguir con la jodidez. Vaya manera de pensar, que  en lugar de poner la mente a funcionar para romper el mecanismo real, damos pie para evadir esa responsabilidad histórica de romper la cadena. Veremos qué pasa después.



No hay comentarios:

Publicar un comentario