EN
TORNO A LA RAZÓN DE NUESTRA POBREZA
Samuel Pérez García
Acostumbrados a mirar los
conflictos desde una perspectiva positivista bastante limitada, en un conflicto
social hablamos de usuarios y propietarios, o de vendedores ambulantes contra
un nivel de gobierno establecido, o de empleados y patrones. Decimos también
que el pueblo es el que manda y el gobierno debe obedecer. Pero nunca nos
referimos, salvo raras excepciones, a esa estratificación social que originada
en el modo como la sociedad se organiza para producir, crea grandes diferencias
económicas que rebasa lo imaginable: un gran grupo de empobrecidos
materialmente, y otro reducido, quien aprendió a disfrutar la vida en
opulencia.
Esta diferencia ha
ocasionado diferentes mecanismos para
seguirla sosteniendo en el imaginario social: económicos, culturales,
educativos, políticos e ideológicos, incluso religiosos, unos tan sutiles que
ni se notan. De ese modo, los pobres razonamos la pobreza en términos ajenos a
las reales causas de nuestra condición: no por el modo de hacernos producir,
sino a otras cualidades, que si bien están allí no son determinantes, por
ejemplo: la flojera, la irresponsabilidad, la falta de conciencia, el no haber
estudiado alguna profesión, o simplemente haber nacido pobre. Y a los de
arriba, los vemos como todo lo contrario: trabajador, responsable, con
iniciativa e inteligencia, estudioso de su entorno, pero sobre todo haber
nacido en una familia opulenta. En ese sentido, la diferencia de que unos sean
más que otros, en términos de economía, se debe a cualidades que dependen de
nuestra propia manera de ser. No hay ahí ninguna otra lógica explicativa.
Frente a eso, se dice, hay que concientizarnos cultural y educativamente para
elevarnos a otro nivel económico. Y entonces, nos hacen creer –cuando jóvenes
somos- el sueño que estudiando una profesión dejaremos de ser pobres, pero
aunado a esto se nos induce que al mismo tiempo, recibamos unos cursos para
gente emprendedora para que tengamos iniciativa, nos hagamos responsable, que
es donde entra a funcionar Miguel Ángel Cornejo y sus cápsulas motivantes para
forjar espíritus con iniciativa del que México requiere.
Al obrar así, lo único que
se realiza es ocultar la realidad, porque en lugar de atacar la causa del
problema, se ataca las consecuencias, quiero decir, atacamos la supuesta causa
de la falta de riqueza, pero no la real, pues un grupo o un individuo puede
recibir los mejores cursos de motivación y asistir a la UNAM para formarse en
alguna área de la ciencia, pero no por eso brincará al nivel de Carlos Slim, o
superará la medianía de su condición económica. Tal vez nos avispemos mejor,
pero seguiremos engrosando la fila de los empobrecidos, aunque con otro
formato: nuestra pobreza y esclavitud se medirá en términos de ya no vivir en
un barrio marginado, pero sí nuestra casa será de Infonavit, comprada a
crédito, pequeña y a la medida de las posibilidades, pero ahora, peor todavía, nos
nacerá la idea que ya la hicimos. Así, nos creemos haber escalado otro nivel y
eso nos conducirá a oponernos tajantemente cuando otros más pobres bloqueen una
calle, una carretera y no nos dejen llegar a tiempo a la fábrica donde día con
día nos explotan la última gota de sangre, que con magros alimentos
reproducimos todos los días.
Esto sucede porque nunca se
nos hizo ver que la causa de la pobreza o de la riqueza no es la escuela a la
que haya asistido o con quienes nos relacionemos, sino el modo cómo nos
incrustamos en el modo de producción. Y en este modo, sólo hay dos vías de
incrustación: ser asalariado o ser capitalista. En el modo como nos ubiquemos
está el secreto. Si somos asalariado estamos obligado a trabajar –entregando en
prenda la plusvalía que producimos al patrón- y si somos capitalistas, a exigir
que esa plusvalía no baje su nivel.
De aquí deviene, que si el
patrón nos aumenta un peso al salario, entonces, o bien exige que se produzca
más para recuperar ese peso, o bien le incrementa ese peso al producto, porque su
consigna es nunca perder la taza de plusvalía que proyectó.
Sin embargo, para que eso
funcione mejor, se crean los mecanismos justificadores, que en otro nivel de
percepción de la realidad, se llama ideología, y ésta no es más que argumentos
que pretenden convencer a ambas partes de que la medida tomada beneficiará a todos.
Son justificaciones cuyo fin no es más que introducir la resignación a seguir permaneciendo igual. En este caso, no
sólo entra el argumento político, sino el jurídico, el religioso, es decir, toda
esa serie de formas de razonamiento que intentan convencer de que se sigamos reconociendo
que, la vida está mejor, pero estuviera más si no existiera esa diferenciación
de extracción de la riqueza, que a unos los mantiene pobres, y a otros ricos.
Pero cómo no la podemos cambiar, hay que irse a bailar el fin de semana, y
seguir con la jodidez. Vaya manera de pensar, que en lugar de poner la mente a funcionar para
romper el mecanismo real, damos pie para evadir esa responsabilidad histórica
de romper la cadena. Veremos qué pasa después.

No hay comentarios:
Publicar un comentario