sábado, 13 de diciembre de 2014

El poeta y su pasión por la carne magra
Samuel Pérez García











I
Todo empezó al amanecer con el canto del cristal sobre las rocas,
Así inicia el poeta Víctor Grajeda su poemario Carne Magra, una especie de planteamiento inquisitivo, que con el transcurrir de los versos se va esclareciendo qué es eso que el poeta inició al amanecer y cuál ha sido el motivo que lo llevó a escribir sobre el tema que el poemario trata.
En otro verso nos describe de cómo fueron los gestos de este drama poético: Todo empezó
Con el aullido de un ser crudo o epiléptico, con su desnudez resistiendo el frío
Así con lágrimas o sudor
Su claustro es un paraíso terrenal rodeado de naranjas –nos remata el Grajeda para adentrarnos a ese mundo que lo condujo a los brazos de la mujer que fue el motivo de su prístina inquietud.
Y es que al leer el primer poema el lector bien puede preguntarse: ¿A quién le escribe? ¿de qué se trata?
En ese primer poema, el poeta nos ofrece indicios con las primeras líneas que hablan de una desnudez que resiste el frío, o cuando se refiere al paraíso terrenal rodeado de naranjos, pero será más adelante donde precise el objeto de su deseo: la visión de una bailarina que dejó en el autor hondo arraigamiento.
Es el quinto poema cuando claramente el poeta indica el objeto de su preocupación erótica: una cierta mujer que vive de su danza y de su desnudez.
Leo:
Todo se cimbra en la mujer
Los temores más antiguos no vienen de los dioses
Provienen del intenso brillo de sus ojos
De los surcos infinitos de su cuerpo
Del oscuro placer que te trastoca
De su nombre  de su nombre
Que fluye por mis dedos para esparcirse en mariposas
Que danzan en las hojas

Es ella la que hace renacer el erotismo en el poeta cuando amarrado al mástil de la sirena, escribe
A esta hora cuando el rechinar de los resortes
Perdona la vida de los transeúntes
Y los cigarros condimentan la lujuria
Queremos derramar un poco de miel de Abril
No sólo eso, el poeta ya encarrerado con su pasión simiesca saliéndosele por los poros, se le ocurre decir si no fuera posible declarar el baile de su diosa blanca en himno nacional.
No le basta eso. Para justificar ese acto depredador pero amoroso, nos impulsa a recordar la mítica relación de Adán y Eva en el dulce Paraíso (no el hotel, o tal vez sí), cuando a ambos la voz de Dios les dijo que no comieran el fruto del conocimiento, pero que lo hicieron, y por eso cada uno recibió su castigo merecido. Pero en el caso que nos ocupa, el poeta nos recuerda esto que le pudo pasar a Eva con su desnudo Adán:
No lo lamentes
Son las ganas de llorar sobre tu hombro
Son las ganas de saber para qué sirve eso que les puso
El ángel malvado al nacer,
Sht sht tomen es suyo pero no lo usen
Mírenlo pero no lo toquen, Les dijo, y la especie sucumbió
Horadando la tierra,
Así es como el poeta mira brillar el erotismo que la bailarina ofrece en todo su esplendor, cuando al girar sobre sí misma va desprendiendo sus prendas íntimas, y se muestra como si renaciera, como si no importara la mirada lúbrica de quienes gritan y vociferan la mucha ropa que se le pegaba al cuerpo. De entre estos mirones,  el poeta se agazapa e imagina cómo le hará para alcanzarla; la mira sin tocar, pero también imagina que por ella él también sería capaz de horadar la tierra.

II
Y como todo tiene una historia, un origen desde el cual se nace a la vida, de la bailarina, objeto de deseo del poeta, se nos cuenta cómo es que ella vino al mundo de la desnudez y de la danza. En los  poema IX y X está la explicación: la bailarina lo es por culpa de la abuela, a quien deseos insatisfechos la poblaron al mirar la luna y condujo a la nieta de la mano, desde cuando usaba calcetas tiernas y ojos fulgurantes que impactaban con los disparos de luz emitidos por su pelo… igual que ahora que ella se aferra al tubo, cuando todos la miran como si fuera el centro de todo el universo.
Fue en un baile de estos, que al grito de tubo..tubo.. Que el poeta se dio cuenta que entre él y ella había un vínculo intenso que se descubre a través del poema X:
No espera cartones o tiendas de campaña
Busca soles negros que alegren sus pasos
Pero cinco granos de arena reclaman su peso en oro,
Ella mujer fembra desesperada por agonizar
Ocho segundos
Aguarda calla oculta el sol bajo su cama
Mientras llora de alegría y danza una y otra y otra vez danza para sofocar el porvenir.
Equivocando el oficio por culpa de la abuela, ella conoció otros pueblos más lejanos a que la condujo su deseo, pueblos de negros que se quitaban un diente para observarla y cinco para poder abrevarla como mujer que era, siempre seguido por el consejo de la abuela, matrona suya desde la infancia. Por eso se salía de las carpas por la noche con el fin de descubrir su futuro en las estrellas, futuro que nunca llegó completo, y la ganancia fue el baile que la llevó a atrapar entre sus piernas a los peces que daba el mar.

III
Pero también el poeta tiene su propia historia y es la del padre que un día lo llevó a las montañas para observar el cielo, y que al mirarlo, aquel le preguntó que qué miraba. Y el poeta, que todavía no lo era, dijo: Veo una mujer de piel brillante e infinita ternura. Ese es tu destino, contestó su padre.
Y por azar o por determinación del destino, buscó a esa mujer por todas partes, sin poderla encontrar como él quería, hasta que un día, alguien leyó su mano y encontró dos vías en su vida: el primer camino conducía a la montaña; el segundo, estaba en el desierto que iba al mar. Pero de ese tiempo acá, el poeta tuvo su primer designio: la mujer  de piel brillante y ternura infinita, la misma que un día encontró, el mismo día cuando El sol salió de su pecho para no ocultarse más.
Pero antes de encontrarla, el poeta había buscado caminar en la noche para encontrar esa vía del desierto que llevaba al mar, y por hacerlo un día le contaron cuán equivocado estaba, pero los dioses no lo abandonaron y la pusieron en el camino que iba a ella. Desde esa vez dejó de tener dioses, dejo de tener algo, y se quedó son sólo la sonrisa de ella a quien compara con la luna, único astro que lo sosiega. Así, el poeta exclama acicateado por su pasión inmensa:
Me ocultó entre tu danza
Entre tu carne magra
Me refugio
Soy ese rumor del mar que grita eternamente
Tierra a la vista
Desde ese encuentro,  ya no hay otra manera de ser, más que el reconocer lo que el poeta cree que es: un hombre solar eclipsado por su cuerpo mientras danza. Un hombre que grita y canta:
Las estrellas anunciaron tu llegada
Mi cuerpo tiembla al escucharte
Debemos poblar la tierra y aún no comenzamos
Así fue como el mundo se construyó un día, antes mucho que los árboles negros poblaran a la tierra, cuando el viento sabía a manzanas y ambrosía, cuando no había nadie dispuesto a ir a la guerra, tal vez un par de bestias divinas en busca de placer. Para eso se apagó el silencio, las luciérnagas, las bujías y los suspiros. Fueron aquellos los tiempos de insolente ternura, que un día devino hacia la nada –escribe el poeta.
Por eso, dice que ella ya no estaba ahí donde había quedado y por eso hoy la busca en todas partes: en la ruta de Odiseo y hasta en la falda de cualquier muchacha, pero no la encuentra; pese a ello sigue buscando sus alas en la noche de todos sus días, de las galaxias impertérritas que lo habita, en su oscura soledad de siempre, y tal vez encuentre algo, pero no el fuego, el mismo
Que consume a los amantes,
Ese que arroja Dios por las venas de la tierra,
Ese había sido labrado de los campos.
Frente a tal desolación que lo corroe, frente a la pasión que se levanta como vastísima muralla inalcanzable, al poeta no le queda sino recordar aquella noche en que empezó la historia de ella con su danza, cuando fue testigo de su baile, cuando se dijo para sí como limosnero hambriento que sueña con cenar un pollo vivo inalcanzable:
Quiero un poco de esa niebla que te sigue
Que te busca
De esa que se disfraza de canción de cuna
Para ver si logro llevarte a la cama
Y asir así, tu corazón de naranja derretido por el sol

IV

Para terminar quiero decir otro aspecto que me gustó del texto: en primer lugar las imágenes del cual se nutren los poemas y que muestran una honda impresión del poeta frente al erotismo de una bailarina; en segundo lugar: la musicalidad que se logra imprimir a todo el texto. Los poemas tienen ritmo y pueden leerse rápido, sin tropiezo. Así, juntando imagen, ritmo y emoción poética, encontramos, una historia que va contándose conforme se presentan los poemas: el fuego que consume a dos amantes: poeta y bailarina. Considero, entonces, que Carne Magra es un texto bien logrado que los lectores y poetas sabrán apreciar e interpretar lo que Víctor Grajeda quiso dejar como constancia en esta obra.


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