sábado, 14 de febrero de 2015

PEÑA NIETO Y HERODES

PEÑA NIETO Y HERODES.
Samuel Pérez García UPN 305

Los asesinatos cotidianos de activistas en Iguala y en otras partes del país, evidencian que lo que está ocurriendo es una lucha desigual entre un pueblo desarmado y un Estado que bien, ha sido rebasado para contener la violencia o bien es él mismo quien la propicia.
Presumo que la segunda opción es la verdadera, porque quienes han caído bajo las balas criminales no son ciudadanos cualquieras, sino activistas que están participando en la lucha por encontrar a los 43 desaparecidos y a otros más que hace tiempo ya no están entre la población común.
Tales condiciones desiguales, pone en línea de tiro a todo aquel ciudadano que alce su voz contra la violencia de todo tipo: criminal, represiva o de ladrón común. De ahí la necesidad de reflexionar si vale la pena seguir insistiendo en ese método de lucha, o pasar a otra etapa, donde la vida pueda cubrirse de tanta agresión a mansalva.
El pueblo guerrense  y los de otra región de México deben dejar un rato las acciones y pasar a pensar qué conviene más: continuar como hasta ahora o elegir una lucha más larga, pero cruenta.
Pues el asesinato de José Ramón Bernabé Armenta y Norma Angélica Bruno, ambos activistas del movimiento por Ayotzinapa, y jóvenes además, asesinados hace pocos días, tiene a todas luces una estrategia de contrainsurgencia muy simple: muerto el perro se acaba la rabia, la misma que se pensó cuando desaparecieron a los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Tal parece que Enrique Peña Nieto y sus secuaces de Guerrero tienen el mismo pensamiento que en su tiempo pasó por la cabeza de Herodes I El grande en la vieja región de Judea: el de matar a todos los niños recién nacidos para acabar con aquel que había sido señalado como hijo de Dios. Cuenta un autor:
"Herodes actuó por miedo: temía a Jesús niño a quien los magos de oriente designaron como el rey de los judíos recién nacido: «Al enterarse, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén» (Mateo 2:3). El poderoso tenía miedo de que lo nuevo pudiera quitarle poder: «Herodes tenía poder sobre la tierra y sobre los hombres. Pero éste no era la expresión de su fuerza interior, sino que estaba acuñado por el miedo. Por él, asesina cruelmente a todos sus rivales [...] Por su temor hace matar a todos los niños de hasta dos años de edad. Herodes está atrapado en su miedo. Y su política, la que él ejerce, es una política de miedo. Y así difunde por doquier a su alrededor únicamente terror. Los hombres que se aferran a su poder por miedo abusan del poder. Y solo pueden mantener su reinado al infundir miedo"

Así está el gobierno de Peña Nieto: asesinar a todos los jóvenes, sobre todo  si gozan de prestigio social o liderazgo. Tal es su miedo de que en esos jóvenes se incube el germen de algún viejo sueño revolucionario. Por eso que ocurre en todo el país: Distrito Federal, Iguala, y por muchos lados: la sangre derramada es de jóvenes. Los mártires son los jóvenes: el asesino es el Estado. Peña Nieto es el Herodes actual.

lunes, 9 de febrero de 2015

HACE TIEMPO
Samuel Pérez García





Hace tiempo fui joven y estaba preocupado por las condiciones de vida de la gente de mi alrededor, porque yo era parte de esa pobreza. Hace tiempo, cuando era joven, me tuve que leer muchos libros que ofrecían un mundo diferente, y lo hice porque el mío estaba desolado y era urgente cambiarlo. Las elecciones las organizaba el gobierno y la ganaba siempre el organizador. Era cuando el PRI era el partido mayoritario, y los demás, el PARM, EL PPS, le hacían el juego al sistema. Casi igual como hoy el PAN, EL PRD, EL PVEM, EL PANAL etc.
Hace tiempo cuando era joven como tú, desde luego, abracé la música de mi tiempo, pero no olvidé que no vivía solo, sino en un mundo donde había otros: ricos y pobres, y por mi condición social, me ubiqué al lado de estos. Usé en su momento el lenguaje natural de los jóvenes, el cabello largo y los pantalones acampanados. Y por esa condición, como si fuera natural, me convertí en antisistema. No me gustaba el PRI, y por eso mis compañeros de estudio cercano me miraban como raro. Es difícil pensar diferente cuando no se adecua uno a la mayoría.
Hace tiempo que eso pasó, y no sigo olvidando mi condición social anterior, ni tampoco las ideas que permearon mi conciencia. Me alineé con todos aquellos que coreaban el mundo democrático, el mundo sin capitalismo, un mundo más humano diríamos ahora. Porque antes ser comunista era lo importante. Hoy ya no. Hoy lo importante es ser de izquierda. Y aunque dicen que ser de izquierda es aspirar a profundizar la democracia y a ser honesto. Yo pienso que ser de izquierda rebasa eso: Ser de izquierda es aspirar a un mundo diferente al capitalismo salvaje en el cual vivimos. Ser de izquierda es ser congruente con lo que pienso y quiero ser. Por ejemplo: al modo de Sócrates que cuando era condenado a la muerte, sus amigos le insistieron en la fuga, él no quiso. Prefirió morir a evadirse, porque eso, la fuga, lo pondría del lado de los incongruentes, y no quiso parecer eso. El respeto a la ley en la vieja Atenas era para Sócrates lo obligado, a pesar de que sabía que lo condenaban injustamente.
Eso para mí es ser de izquierda: ser congruente con lo que uno piensa y siente. Ser de izquierda es respetar las leyes, siempre y cuando esas leyes emanen de la voz popular, de las costumbres del pueblo, pero no que sean impuestas e injustas como las que ahora sabemos: que ahí están pero no se respetan, y muchas de esas favorecen abiertamente a los dueños del capital.
Por eso digo que ser de izquierda es luchar contra esas leyes. Ser de izquierda es defender en todo tiempo al desvalido, a que sufre una injusticia, ser de izquierda es aprender a tolerar a otros aunque piensen diferente, ser de izquierda es nunca usar al otro como objeto de los propios intereses, ni tampoco reprimir violentamente al pueblo que protesta, sino encontrar las causas que ocasionan la protesta y ofrecer alternativas de solución, pero no oídos sordos como hoy proceden los gobiernos del PRI, del PAN y de todos los colores partidarios.
Ser de izquierda es combatir la mala leche entre los que se dicen de izquierda, pero actúan como si no lo fueran, porque si ven que sus privilegios peligran inventan mañas y cometen tropelías con tal de conseguir un cargo. Ser de izquierda es democratizar la vida social y política, es ayudar a construir un puente que nos conduzca a cruzar el arroyo lleno de lagartos que en toda práctica política existen, sea el color del partido que fuere, de la organización civil que haya, porque la política no se hace con hombres abstractos, sino con aquellos que tienen corazón y lengua, que son capaces de mentir con tal de alcanzar sus propósitos inconfesables.

Esto no lo sabía de joven. Porque de joven no hay todavía la experiencia de caminar. Se mira el mundo más fácil y brillante, nunca esperar encontrar abrojos en el camino ni nublazones que te impidan ver. Y sin embargo, el joven que no se atreve a caminar su propia senda, que no se atreve a pensar otro mundo, no es un joven lleno de ideas y aspiraciones. Es un joven flaco y vacío. Y con estos no llegaremos nunca a transformar el mundo. Queremos jóvenes vitales, con ideas frescas, las propias de su juventud, pero con mucha acción y dinamismo para que nos ayuden a cambiar el mundo. El mismo que soñé hace tiempo. El mismo que quiero ahora: un mundo más humano, sin pobres, demasiados pobres, sin ricos demasiados ricos. Tal vez algún día lleguemos a la sociedad sin clases.  Ojalá que los jóvenes me ayuden en esa tarea. Morena va.
La subversión

Samuel Pérez García


Subvertir algo es darle la vuelta a un objeto o a un hecho de tal modo que si estaba de pie, lo ponemos de cabeza y viceversa. El propio concepto apunta a que lo que subvierte viene de abajo, está abajo, vive abajo y de ahí se eleva en dirección a lo que apunta. Por eso todo pensamiento es subversivo porque está encerrado en el cerebro, y cuando se externa, sea cual sea la palabra o la frase, irradia su luz y transforma. La primera palabra o el sonido gutural del primer hombre fue por naturaleza subversiva para el otro que estaba a su lado. Con el tiempo, el proceso de trabajo fue modificando la constitución biológica de ese hombre hasta que pudo, por fin, inventar su habla, y muchísimos años después la escritura, y cada una en su debido tiempo fue subversiva.
Ahora bien, las propias relaciones sociales constituidas desigualmente por el propio hombre, ya diferenciado clasistamente, se convierten en subversivas porque colocan a uno arriba y a otro abajo, a uno lo hace rico y a otro mendigo, a uno lo hace poderoso y a otro débil; sin embargo, toda relación es relativa y no absoluta, porque la vida como toda vida resulta abiertamente subversiva: nadie, por lo que sé, está conforme con su vida ni con la del otro, precisamente, a raíz de la desigualdad que se crea en el proceso de relaciones sociales productivas. De ahí que por eso Marx dijo alguna vez que la burguesía lo único que hacía al concentrar toda la riqueza, era crear sus propios sepultureros, es decir, estaba creando a una clase obrera que, se ha ido desparramando por toda la tierra, con sus matices y niveles, por supuesto, donde la gran mayoría vive en la penuria permanente. Desde luego, esa relación injusta en la que los hombre viven, no es punto de reflexión para todos, sino de unos cuantos, de ahí que esos cuántos si enfocan sus conocimientos y acciones a la lucha por conseguir relaciones sociales productivas más justas, se convierten en declaradamente subversivos.
Pero para que su pensamiento y acciones sean de esa naturaleza deben ser compartidos con los de abajo, llegar al diálogo con ellos para explicarles la razón de la pobreza material y mental, la razón del olvido social en el cual viven, la razón de su enflaquecimiento cultural. Acción ésta muy difícil porque ese dialogo requiere darse dentro de un proceso educativo de gran alcance y permanente, que busque, desde luego, la subversión de las relaciones, no la mera aculturación y el quietismo, pues hay de educación a educación: una es empleada para domesticar a los de abajo, y otra, la que apunta a la subversión, busca su liberación, dijera Paulo Freire.
Pensando en esto de la subversión, pienso que hoy el acto más subversivo lo constituye el voto ciudadano. Una acción que si lo analizamos no vale nada si se mira toscamente: un domingo cualquiera la gente se levanta, acude a la urna y vota. Nada de raro tiene esto en un país que usa la votación como criterio para cambiar a sus representantes.
Pero cambia  de carácter si el ciudadano al acudir a colocar su voto en la urna, no lo hace por los mismos sino por otro, el menos esperado, siempre que haya sido piedra en el zapato del sistema. Es decir, por aquellos representantes, cuyo proyecto está en derrocar el sistema imperante. Si así sucede, una acción tan simple como la de ir a depositar el voto, convierte al ciudadano en subversivo por antonomasia. Sin embargo, como ya dije, la educación recibida por esos ciudadanos, no ha sido enfocada a liberarlos de ideas retrógradas, sino los han educado para seguir manteniendo la carga del sistema, para que sigan pensando que la pobreza es una cualidad natural de la mayoría, y para reforzarles esa idea, el gobierno llega con ellos y les regala despensas o les da alguna medicina, tal vez hasta televisores, entonces, el ciudadano de abajo, cuyo potencial revolucionario ha sido achatado a través de una educación lenta y permanente, piensa que el gobierno es bueno y por eso debe seguir votando por él. Al pensar así, la cualidad subversiva del ciudadano aguarda otro tiempo mejor, salvo que otros más avispas, más enjundiosos, se encarguen de organizarlos e ilustrarlos de que la fuerza de los de abajo está en la organización partidaria, en la organización comunal, en la organización civil y que la fuerza para romper las cadenas que los aferran, es el voto de cualquier domingo.

Ilustrarles con esta idea, conminarlos a cambiar las ideas añejas que los atan y los postran frente al sistema, hacerles sentir la fuerza que son si se organizan, es el hecho más subversivo que pueda existir. Por eso, el Estado mexicano le teme a los jóvenes y a todo aquellos que hablar de cambiar el orden de cosas, pero sobre todo a aquellos que digan que con el voto es posible el cambio verdadero, la subversión plena: que los de arriba bajen al canal de desague social, y los de abajo suban a plantarse en el trono del gobierno para que éste sirva al pueblo. Pero si esto no basta, también hay que decirles, que si al voto le sumamos la desobediencia civil, podemos convertirnos mañana en el ariete necesario para fundar una nueva República. Hagamos la prueba, insistamos. Ese es nuestro camino en este remedo de Republica en la cual vivimos. Seamos la piedra en el zapato del sistema. Adelante compañeros. Demósle de palos al orden. Allanemos su regia morada para que entren los pobres a ser los dirigentes. Morena va, lo quieran o no.

HEMOS ENCONTRADO FOSAS

Samuel Pérez García



Hemos encontrado fosas, pero no a los nuestros. Muchas fosas y todavía no hay razón de ellos. ¿A qué juegan cuando se ocultan de nuestros ojos? ¿A las escondidas? Pero ese juego cansa muy rápido, entonces, ya hubieran aparecido. Pero no están. Solo fosas. Y el llanto de las madres qué lejano las escucho; y el grito rebelde de los otros muchachos que rompen el silencio. Oigo otro grito, ese sí, clarísimo como el retumbo de un sol ardiente: el solitario grito de un dolor adentro. Muy adentro como para que no se oiga. Luego, vuelvo a la realidad y encuentro fosas y quebrantos, pero no a los muchachos que se perdieron en la noche y llevan muchos días sin aparecer. ¿Sabrán ellos, donde estén, que los buscamos? ¿Que su familia los busca y los necesita? ¿Sabrán que no se vale seguir escondidos y que sería mejor que aparecieran? ¿Qué manos extrañas los detienen? ¿Qué bala les laceró el alma como para que no aparezcan? ¿Alguien sabe? ¿Alguien tiene el grito más potente para que se oiga más lejano y ellos puedan escucharlo? Vivos se fueron, oigo que gritan, vivos los queremos, oigo que lloran las madres, los amigos de esos muchachos que se fueron una tarde de septiembre, cuando les dio por pensar desde las aulas, que no hay peor lucha que la que no se hace. Vivos se fueron, oigo que gritan; vivos los queremos, oigo que repiten, lo que hoy los buscamos en cada piedra, en cada cuarto, en cada árbol y juntamos todas las esperanzas para que aparezcan vivos como se los llevaron.

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