lunes, 9 de febrero de 2015

HACE TIEMPO
Samuel Pérez García





Hace tiempo fui joven y estaba preocupado por las condiciones de vida de la gente de mi alrededor, porque yo era parte de esa pobreza. Hace tiempo, cuando era joven, me tuve que leer muchos libros que ofrecían un mundo diferente, y lo hice porque el mío estaba desolado y era urgente cambiarlo. Las elecciones las organizaba el gobierno y la ganaba siempre el organizador. Era cuando el PRI era el partido mayoritario, y los demás, el PARM, EL PPS, le hacían el juego al sistema. Casi igual como hoy el PAN, EL PRD, EL PVEM, EL PANAL etc.
Hace tiempo cuando era joven como tú, desde luego, abracé la música de mi tiempo, pero no olvidé que no vivía solo, sino en un mundo donde había otros: ricos y pobres, y por mi condición social, me ubiqué al lado de estos. Usé en su momento el lenguaje natural de los jóvenes, el cabello largo y los pantalones acampanados. Y por esa condición, como si fuera natural, me convertí en antisistema. No me gustaba el PRI, y por eso mis compañeros de estudio cercano me miraban como raro. Es difícil pensar diferente cuando no se adecua uno a la mayoría.
Hace tiempo que eso pasó, y no sigo olvidando mi condición social anterior, ni tampoco las ideas que permearon mi conciencia. Me alineé con todos aquellos que coreaban el mundo democrático, el mundo sin capitalismo, un mundo más humano diríamos ahora. Porque antes ser comunista era lo importante. Hoy ya no. Hoy lo importante es ser de izquierda. Y aunque dicen que ser de izquierda es aspirar a profundizar la democracia y a ser honesto. Yo pienso que ser de izquierda rebasa eso: Ser de izquierda es aspirar a un mundo diferente al capitalismo salvaje en el cual vivimos. Ser de izquierda es ser congruente con lo que pienso y quiero ser. Por ejemplo: al modo de Sócrates que cuando era condenado a la muerte, sus amigos le insistieron en la fuga, él no quiso. Prefirió morir a evadirse, porque eso, la fuga, lo pondría del lado de los incongruentes, y no quiso parecer eso. El respeto a la ley en la vieja Atenas era para Sócrates lo obligado, a pesar de que sabía que lo condenaban injustamente.
Eso para mí es ser de izquierda: ser congruente con lo que uno piensa y siente. Ser de izquierda es respetar las leyes, siempre y cuando esas leyes emanen de la voz popular, de las costumbres del pueblo, pero no que sean impuestas e injustas como las que ahora sabemos: que ahí están pero no se respetan, y muchas de esas favorecen abiertamente a los dueños del capital.
Por eso digo que ser de izquierda es luchar contra esas leyes. Ser de izquierda es defender en todo tiempo al desvalido, a que sufre una injusticia, ser de izquierda es aprender a tolerar a otros aunque piensen diferente, ser de izquierda es nunca usar al otro como objeto de los propios intereses, ni tampoco reprimir violentamente al pueblo que protesta, sino encontrar las causas que ocasionan la protesta y ofrecer alternativas de solución, pero no oídos sordos como hoy proceden los gobiernos del PRI, del PAN y de todos los colores partidarios.
Ser de izquierda es combatir la mala leche entre los que se dicen de izquierda, pero actúan como si no lo fueran, porque si ven que sus privilegios peligran inventan mañas y cometen tropelías con tal de conseguir un cargo. Ser de izquierda es democratizar la vida social y política, es ayudar a construir un puente que nos conduzca a cruzar el arroyo lleno de lagartos que en toda práctica política existen, sea el color del partido que fuere, de la organización civil que haya, porque la política no se hace con hombres abstractos, sino con aquellos que tienen corazón y lengua, que son capaces de mentir con tal de alcanzar sus propósitos inconfesables.

Esto no lo sabía de joven. Porque de joven no hay todavía la experiencia de caminar. Se mira el mundo más fácil y brillante, nunca esperar encontrar abrojos en el camino ni nublazones que te impidan ver. Y sin embargo, el joven que no se atreve a caminar su propia senda, que no se atreve a pensar otro mundo, no es un joven lleno de ideas y aspiraciones. Es un joven flaco y vacío. Y con estos no llegaremos nunca a transformar el mundo. Queremos jóvenes vitales, con ideas frescas, las propias de su juventud, pero con mucha acción y dinamismo para que nos ayuden a cambiar el mundo. El mismo que soñé hace tiempo. El mismo que quiero ahora: un mundo más humano, sin pobres, demasiados pobres, sin ricos demasiados ricos. Tal vez algún día lleguemos a la sociedad sin clases.  Ojalá que los jóvenes me ayuden en esa tarea. Morena va.

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