Samuel Pérez García
Hemos encontrado fosas, pero no a los nuestros. Muchas fosas
y todavía no hay razón de ellos. ¿A qué juegan cuando se ocultan de nuestros
ojos? ¿A las escondidas? Pero ese juego cansa muy rápido, entonces, ya hubieran
aparecido. Pero no están. Solo fosas. Y el llanto de las madres qué lejano las
escucho; y el grito rebelde de los otros muchachos que rompen el silencio. Oigo
otro grito, ese sí, clarísimo como el retumbo de un sol ardiente: el solitario
grito de un dolor adentro. Muy adentro como para que no se oiga. Luego, vuelvo
a la realidad y encuentro fosas y quebrantos, pero no a los muchachos que se
perdieron en la noche y llevan muchos días sin aparecer. ¿Sabrán ellos, donde
estén, que los buscamos? ¿Que su familia los busca y los necesita? ¿Sabrán que
no se vale seguir escondidos y que sería mejor que aparecieran? ¿Qué manos
extrañas los detienen? ¿Qué bala les laceró el alma como para que no aparezcan?
¿Alguien sabe? ¿Alguien tiene el grito más potente para que se oiga más lejano
y ellos puedan escucharlo? Vivos se fueron, oigo que gritan, vivos los
queremos, oigo que lloran las madres, los amigos de esos muchachos que se
fueron una tarde de septiembre, cuando les dio por pensar desde las aulas, que
no hay peor lucha que la que no se hace. Vivos se fueron, oigo que gritan;
vivos los queremos, oigo que repiten, lo que hoy los buscamos en cada piedra,
en cada cuarto, en cada árbol y juntamos todas las esperanzas para que
aparezcan vivos como se los llevaron.

No hay comentarios:
Publicar un comentario