lunes, 9 de febrero de 2015

La subversión

Samuel Pérez García


Subvertir algo es darle la vuelta a un objeto o a un hecho de tal modo que si estaba de pie, lo ponemos de cabeza y viceversa. El propio concepto apunta a que lo que subvierte viene de abajo, está abajo, vive abajo y de ahí se eleva en dirección a lo que apunta. Por eso todo pensamiento es subversivo porque está encerrado en el cerebro, y cuando se externa, sea cual sea la palabra o la frase, irradia su luz y transforma. La primera palabra o el sonido gutural del primer hombre fue por naturaleza subversiva para el otro que estaba a su lado. Con el tiempo, el proceso de trabajo fue modificando la constitución biológica de ese hombre hasta que pudo, por fin, inventar su habla, y muchísimos años después la escritura, y cada una en su debido tiempo fue subversiva.
Ahora bien, las propias relaciones sociales constituidas desigualmente por el propio hombre, ya diferenciado clasistamente, se convierten en subversivas porque colocan a uno arriba y a otro abajo, a uno lo hace rico y a otro mendigo, a uno lo hace poderoso y a otro débil; sin embargo, toda relación es relativa y no absoluta, porque la vida como toda vida resulta abiertamente subversiva: nadie, por lo que sé, está conforme con su vida ni con la del otro, precisamente, a raíz de la desigualdad que se crea en el proceso de relaciones sociales productivas. De ahí que por eso Marx dijo alguna vez que la burguesía lo único que hacía al concentrar toda la riqueza, era crear sus propios sepultureros, es decir, estaba creando a una clase obrera que, se ha ido desparramando por toda la tierra, con sus matices y niveles, por supuesto, donde la gran mayoría vive en la penuria permanente. Desde luego, esa relación injusta en la que los hombre viven, no es punto de reflexión para todos, sino de unos cuantos, de ahí que esos cuántos si enfocan sus conocimientos y acciones a la lucha por conseguir relaciones sociales productivas más justas, se convierten en declaradamente subversivos.
Pero para que su pensamiento y acciones sean de esa naturaleza deben ser compartidos con los de abajo, llegar al diálogo con ellos para explicarles la razón de la pobreza material y mental, la razón del olvido social en el cual viven, la razón de su enflaquecimiento cultural. Acción ésta muy difícil porque ese dialogo requiere darse dentro de un proceso educativo de gran alcance y permanente, que busque, desde luego, la subversión de las relaciones, no la mera aculturación y el quietismo, pues hay de educación a educación: una es empleada para domesticar a los de abajo, y otra, la que apunta a la subversión, busca su liberación, dijera Paulo Freire.
Pensando en esto de la subversión, pienso que hoy el acto más subversivo lo constituye el voto ciudadano. Una acción que si lo analizamos no vale nada si se mira toscamente: un domingo cualquiera la gente se levanta, acude a la urna y vota. Nada de raro tiene esto en un país que usa la votación como criterio para cambiar a sus representantes.
Pero cambia  de carácter si el ciudadano al acudir a colocar su voto en la urna, no lo hace por los mismos sino por otro, el menos esperado, siempre que haya sido piedra en el zapato del sistema. Es decir, por aquellos representantes, cuyo proyecto está en derrocar el sistema imperante. Si así sucede, una acción tan simple como la de ir a depositar el voto, convierte al ciudadano en subversivo por antonomasia. Sin embargo, como ya dije, la educación recibida por esos ciudadanos, no ha sido enfocada a liberarlos de ideas retrógradas, sino los han educado para seguir manteniendo la carga del sistema, para que sigan pensando que la pobreza es una cualidad natural de la mayoría, y para reforzarles esa idea, el gobierno llega con ellos y les regala despensas o les da alguna medicina, tal vez hasta televisores, entonces, el ciudadano de abajo, cuyo potencial revolucionario ha sido achatado a través de una educación lenta y permanente, piensa que el gobierno es bueno y por eso debe seguir votando por él. Al pensar así, la cualidad subversiva del ciudadano aguarda otro tiempo mejor, salvo que otros más avispas, más enjundiosos, se encarguen de organizarlos e ilustrarlos de que la fuerza de los de abajo está en la organización partidaria, en la organización comunal, en la organización civil y que la fuerza para romper las cadenas que los aferran, es el voto de cualquier domingo.

Ilustrarles con esta idea, conminarlos a cambiar las ideas añejas que los atan y los postran frente al sistema, hacerles sentir la fuerza que son si se organizan, es el hecho más subversivo que pueda existir. Por eso, el Estado mexicano le teme a los jóvenes y a todo aquellos que hablar de cambiar el orden de cosas, pero sobre todo a aquellos que digan que con el voto es posible el cambio verdadero, la subversión plena: que los de arriba bajen al canal de desague social, y los de abajo suban a plantarse en el trono del gobierno para que éste sirva al pueblo. Pero si esto no basta, también hay que decirles, que si al voto le sumamos la desobediencia civil, podemos convertirnos mañana en el ariete necesario para fundar una nueva República. Hagamos la prueba, insistamos. Ese es nuestro camino en este remedo de Republica en la cual vivimos. Seamos la piedra en el zapato del sistema. Adelante compañeros. Demósle de palos al orden. Allanemos su regia morada para que entren los pobres a ser los dirigentes. Morena va, lo quieran o no.

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