MEMORIA
DE JUCHITAN
Samuel Pérez García
FOTOGRAFÍA PUBLICADA POR LOURDES FERRA
1
Fue un día de lucha aquel
13 de diciembre de 1983. La policía y el ejército habían entrado a la fuerza y
desalojado a los coceístas, que desde el 3 de agosto se mantenían ahí al haber
el Congreso del Estado declarado la desaparición de poderes en el municipio de
Juchitán.
El movimiento de represión
comenzó en la madrugada de ese día. Tronaron los cuetes y la gente que dormía
en su casa se levantó y fue al apoyo de los coceístas que habían sido
desalojados con la violencia física, los gases lacrimógenos y muchos policías y
soldados.
Al amanecer, frente al
palacio, había unas patrullas volteadas y muchos vidrios rotos, prueba de una
batalla campal. Para eso, al reclusorio de Salina Cruz y de Tehuantepec se habían llevado a muchos y
el ejército resguardaba el palacio municipal.
Eso fue lo primero que vi
cuando mi vecina y arrendataria me dijo que si no me había dado cuenta que
había habido una batalla campal en el palacio. Que los soldados habían entrado
y desalojado a los que hacían guardia esa noche y madrugada. Dejé lo que hacía
y me encaminé al palacio. Ya eran las siete de la mañana. Sendos grupos de
gentes inconformes, simpatizantes de la COCEI, estaban en las dos esquinas del
palacio (la del mercado y la de Efraín R. Gómez con la 5 de septiembre). En
lugar de quedarme de mirón y asombrado como todo mundo, me fui a la esquina
donde está El Banco Nacional de México. Había en ese lugar muchas rejas de
refrescos. Tomé varias y armé un templete breve al cual subí. Recuerdo que
empecé mi oratoria con esa frase de Guillermo Prieto: "los valientes no
asesinan" a pura capela, sin micrófono. Construí un discurso que supuse
incendiario porque la gente que merodeaba en esa esquina me empezó a rodear y a
mirarme sorprendido que me atreviera a hablar cuando los soldados estaban ahí,
listos para actuar. Pero en respuesta la gente empezó a aplaudirme y terminaron
animándose, de tal modo que comenzaron a corear consignas. Cuando concluí me dirigí
a la esquina de cinco de septiembre, que es colindante con el palacio. Hice lo
mismo y la gente se arremolinó más.
Los ánimos volvieron a
elevarse y las consignas de Juchitán no es cuartel, fuera ejército de él, fue
la respuesta de quienes antes, por temor o por alguna otra causa, no sabían qué
hacer en esos momentos de tensión. Sucedió eso cuando todos los liderazgos
habían huido o estaban en la cárcel, cuando yo ocupé el lugar de alguno de
ellos, incentivando al ánimo y a la lucha. Fue cuando esos cuadros menores, no
los altos dirigentes como les decíamos a Manuel Chaparro, Oscar Cruz, Polín de
Gyves, Héctor Sánchez, López Nelio, etc. me tomaron en cuenta para que yo participara en esos días
trágicos, cuando era maestro de la Preparatoria Popular Gustavo Pineda de la
Cruz, que estuvo ahí donde ahora es un centro de abasto. Así fue como participé
en los varios días que duró la movilización popular contra la toma del palacio
municipal de Juchitán, bastión en aquellos años de la lucha democrática y el
deseo de erigir un gobierno popular desde abajo.
2
Tienen un minuto para
dispersarse o vamos sobre ustedes -dijo por el altavoz Camarena, el comandante
de la guardia represiva, que formada en fila, con cascos, escudos y toletes, se
preparaban a embestirnos. Pero no nos movimos. Uno, dos, tres contaba el
comandante…
Al lado mío había piedras
y botellas, tomé la mía y la arrojé contra la columna de granaderos que, a paso
rápido venía sobre nosotros. Cuando los tuvimos cerca, empezamos a correr hacia
diversos puntos. Yo me fui por la Efraín R.Gómez. Corría con la mano adentro de
mi bolsa de cuero, en cuyo interior llevaba mis chacos, por aquello de las
dudas. Un granadero estuvo a punto de darme alcance, pero a un metro de mi
resbaló y cayó. Otros no corrieron la misma suerte y fueron ingresados a la
cárcel de Tehuantepec.
3
Ya era tarde como a eso de
las seis de ese mismo día 13 de diciembre. Estábamos en la esquina donde antes
había sido terminal de autobuses. Los policías venían del oeste y nosotros
hacíamos grupo ahí en la 2 de abril con Roque Robles. Como traían consigna de
dispersarnos a como diera lugar, comenzaron a dispararnos desde 50 metros
antes. Corrimos buscando hacia sur de la calle 2 de abirl, y como no estaba
pavimentada sino engravillada, me resbalé. Tal vez el resbalón evitó que me
dieran un disparo de goma, porque uno que iba delante de mí, se quejó de haber
recibido uno de ellos. En efecto, cuando mostró su espalda, tenía un hueco que
le había ocasionado la goma.
4
Esa misma noche no pude
llegar a mi cuarto. Nos fuimos a pernoctar a la séptima sección. Quién pudo
darnos cabida a mí y a José Leño fue Cándida Santiago. Dormimos en su casa o
tal vez nos mantuvimos en vela, porque a través de un magnavoz, la policía pasaba
pidiendo a la población que no escondiéramos a los comunistas y que no
permitieran a sus hijos realizar desmanes. Muy al amanecer salimos de la casa,
todavía con el miedo por la represión, y nos encaminamos hacia la casa de una
hermana de José Leño, en Espinal. En esa época no sabía nada de zapoteco, pero
sabía leer los gestos de lo que se habla en esa lengua vernácula. Y mientras
José Leño defendía que yo no era peligroso, su hermana se quejaba de porque
andaba metido en el movimiento y de paso trajera un problema cargando, que era
yo. Desayunamos en silencio lo poco que nos dio la hermana y volvimos a
regresar a Juchitán. Y nos integramos de nuevo a lo que venía: seguir en el
plantón contra las fuerzas del orden. El comercio había cerrado sus puertas y demandaba
mano dura contra los alteradores del orden santo. Como no había otro periódico
más que La Hora, ese era el que leíamos sobre lo que acontecía en Juchitán.
Pero si recuerdo que una tarde, alguien compró El Excelsior donde se narraba la
crónica de esos días aciagos. Recuerdo todavía que cuando hablaba de los tantos
y tantos presos que abarrotaban las cárceles del istmo, el reportero adornó la
nota con una foto no sé si de Betina Velázquez o de alguna otra juchiteca
guapa, que en esa época había muchas, y militaban en la Cocei.
5
Esta comida es para usted,
comandante, me dijo una mujer de piel blanca, ojos verdes, como al mediodía
cuando estábamos arremolinados en la esquina de Efraín R. Gómez. La miré
asombrado que me trajera comida de modo especial, que me llamara comandante,
pero también por la sonrisa coqueta que
sus ojos despedían. Tal vez andaba en los treinta años. Supongo, también, que
formaba parte de las mujeres que estaban esa mañana dudosas de saber qué hacer
frente al hostigamiento de la policía. Al tomar la palabra frente al gentío,
quizá ocupe el espacio de sus ojos y su interés, y en pago a ese ánimo que le
supe prender, hizo una labor conmigo al traerme la comida que había guisado. Fue
la única vez que la vi porque nunca supe más de ella. Tal vez porque era un
muchacho veinteañero y mi corazón no latía todavía por teca alguna, como
después lo fue.
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