Tengo un sueño
Samuel Pérez García
Universitarios de la U.V. en el teatro de la ciudad durante una manifestación el 20 nov. 2014
Que
la taza de café que me tomo todos los días a nadie le faltara; que el alimento
que consumo estuviera en cada mesa, y fuera conseguido sin apremio o sin alguna
violencia; que las escuelas se abrieran para todos los niños en edad escolar y
que los maestros vieran en su trabajo no una manera de ganarse la vida, sino
una actividad sin la cual no serían lo que son: profesores.
Que
la ciudad estuviera limpia, el pavimento sin baches; que el pasaje no estuviera
a la alza cotidianamente, que no faltara el empleo para nadie y que quien
gobierna se apegara a la justicia, a buscar la igualdad entre todos, y que
existiera la solidaridad con el desvalido siempre.
Tengo
un sueño: el de no ver a los maestros jubilados ocupados en tarea que no son
suyas, porque necesitan cubrir sus necesidades dado que la pensión no alcanza,
pero en cambio otros, los de arriba: políticos y jueces, cobran miles de veces
la pobre cantidad que un jubilado recibe; que las mujeres parturientas no
sufrieran la carencia de cama y medicina cuando deben alumbrar un nuevo ser, y
que éste, fuera recibido con alegría por todos sus parientes; que en este país
que llamo México no hubiera tanta diferencia, ni tanto ladrón al acecho de un
cargo público.
Que
el salario no fuera tan exiguo y en un conflicto patronal, ganara el que
tuviera la razón, y no el que fuera capaz de corromper a los magistrados de la
Junta; que los diarios dijeran la verdad y se apegaran a los hechos y nos a las
mentiras que inventan; que la lotería nacional no fuera tan engañosa, y de
verdad la suerte bendijera a todos, que los candidatos a políticos no se
eligieran por su dinero, sino por las buenas acciones que el hombre hubiera
hecho, antes de ser elegido, que no se metiera al pueblo a la cárcel por exigir
sus derechos ni hubiera tantos desaparecidos como hoy se sabe que están.
Pero
mi realidad es diferente. Ninguno de mis sueños es posible. Por eso creo que ya
deliro, y si no estoy loco, poco me falta para ello. Porque en mi país es todo
lo contrario a mi sueño. En este país pequeño cada uno se rasca con sus propias
uñas, y el que no es ladrón, es corrupto, y el que no es corrupto, es político,
y el que no es político, es narcotraficante, porque en mi país, no hay otro
modo de enriquecimiento. Aquí no sirve que seas buen maestro, excelente
ingeniero, creativa cocinera, atento chofer de coche público, honesto mercader;
aquí lo que cuenta son aquellos oficios
antes dichos, y que para serlo no hay que ir a escuela alguna, tal vez medio
leer dos libros y medio saber tu propio idioma, pero sí tener muchas mañas para
subir encima del otro y hacerte de dinero a manos llenas. Así es mi país y no
hay otro mejor que él, aunque nadie concuerde conmigo.

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