El poeta y su pasión por la carne
magra
Samuel
Pérez García
I
Todo
empezó al amanecer con el canto del cristal sobre las rocas,
Así inicia el poeta Víctor Grajeda su
poemario Carne Magra, una especie de planteamiento inquisitivo, que con el transcurrir
de los versos se va esclareciendo qué es eso que el poeta inició al amanecer y
cuál ha sido el motivo que lo llevó a escribir sobre el tema que el poemario
trata.
En otro verso nos describe de cómo fueron
los gestos de este drama poético: Todo empezó
Con
el aullido de un ser crudo o epiléptico, con su desnudez resistiendo el frío…
Así
con lágrimas o sudor
Su
claustro es un paraíso terrenal rodeado de naranjas –nos remata
el Grajeda para adentrarnos a ese mundo que lo condujo a los brazos de la mujer
que fue el motivo de su prístina inquietud.
Y es que al leer el primer poema el lector
bien puede preguntarse: ¿A quién le escribe? ¿de qué se trata?
En ese primer poema, el poeta nos ofrece
indicios con las primeras líneas que hablan de una desnudez que resiste el
frío, o cuando se refiere al paraíso terrenal rodeado de naranjos, pero será
más adelante donde precise el objeto de su deseo: la visión de una bailarina
que dejó en el autor hondo arraigamiento.
Es el quinto poema cuando claramente el
poeta indica el objeto de su preocupación erótica: una cierta mujer que vive de
su danza y de su desnudez.
Leo:
Todo
se cimbra en la mujer
Los
temores más antiguos no vienen de los dioses
Provienen
del intenso brillo de sus ojos
De
los surcos infinitos de su cuerpo
Del
oscuro placer que te trastoca
De
su nombre de su nombre
Que
fluye por mis dedos para esparcirse en mariposas
Que
danzan en las hojas
Es ella la que hace renacer el erotismo en
el poeta cuando amarrado al mástil de la sirena, escribe
A
esta hora cuando el rechinar de los resortes
Perdona
la vida de los transeúntes
Y
los cigarros condimentan la lujuria
Queremos
derramar un poco de miel de Abril
No sólo eso, el poeta ya encarrerado con su
pasión simiesca saliéndosele por los poros, se le ocurre decir si no fuera posible
declarar el baile de su diosa blanca en himno nacional.
No le basta eso. Para justificar ese acto
depredador pero amoroso, nos impulsa a recordar la mítica relación de Adán y
Eva en el dulce Paraíso (no el hotel, o tal vez sí), cuando a ambos la voz de Dios
les dijo que no comieran el fruto del conocimiento, pero que lo hicieron, y por
eso cada uno recibió su castigo merecido. Pero en el caso que nos ocupa, el
poeta nos recuerda esto que le pudo pasar a Eva con su desnudo Adán:
No lo lamentes
Son
las ganas de llorar sobre tu hombro
Son
las ganas de saber para qué sirve eso que les puso
El
ángel malvado al nacer,
Sht
sht tomen es suyo pero no lo usen
Mírenlo
pero no lo toquen, Les dijo, y la especie sucumbió
Horadando
la tierra,
Así es como el poeta mira brillar el
erotismo que la bailarina ofrece en todo su esplendor, cuando al girar sobre sí
misma va desprendiendo sus prendas íntimas, y se muestra como si renaciera, como
si no importara la mirada lúbrica de quienes gritan y vociferan la mucha ropa
que se le pegaba al cuerpo. De entre estos mirones, el poeta se agazapa e imagina cómo le hará
para alcanzarla; la mira sin tocar, pero también imagina que por ella él también
sería capaz de horadar la tierra.
II
Y como todo tiene una historia, un origen
desde el cual se nace a la vida, de la bailarina, objeto de deseo del poeta, se
nos cuenta cómo es que ella vino al mundo de la desnudez y de la danza. En los poema IX y X está la explicación: la bailarina
lo es por culpa de la abuela, a quien deseos insatisfechos la poblaron al mirar
la luna y condujo a la nieta de la mano, desde cuando usaba calcetas tiernas y
ojos fulgurantes que impactaban con los disparos de luz emitidos por su pelo…
igual que ahora que ella se aferra al tubo, cuando todos la miran como si fuera
el centro de todo el universo.
Fue en un baile de estos, que al grito de
tubo..tubo.. Que el poeta se dio cuenta que entre él y ella había un vínculo
intenso que se descubre a través del poema X:
No
espera cartones o tiendas de campaña
Busca
soles negros que alegren sus pasos
Pero
cinco granos de arena reclaman su peso en oro,
Ella
mujer fembra desesperada por agonizar
Ocho
segundos
Aguarda
calla oculta el sol bajo su cama
Mientras
llora de alegría y danza una y otra y otra vez danza para sofocar el porvenir.
Equivocando el oficio por culpa de la
abuela, ella conoció otros pueblos más lejanos a que la condujo su deseo,
pueblos de negros que se quitaban un diente para observarla y cinco para poder
abrevarla como mujer que era, siempre seguido por el consejo de la abuela,
matrona suya desde la infancia. Por eso se salía de las carpas por la noche con
el fin de descubrir su futuro en las estrellas, futuro que nunca llegó
completo, y la ganancia fue el baile que la llevó a atrapar entre sus piernas a
los peces que daba el mar.
III
Pero también el poeta tiene su propia
historia y es la del padre que un día lo llevó a las montañas para observar el
cielo, y que al mirarlo, aquel le preguntó que qué miraba. Y el poeta, que
todavía no lo era, dijo: Veo una mujer de piel brillante e infinita ternura.
Ese es tu destino, contestó su padre.
Y por azar o por determinación del destino,
buscó a esa mujer por todas partes, sin poderla encontrar como él quería, hasta
que un día, alguien leyó su mano y encontró dos vías en su vida: el primer
camino conducía a la montaña; el segundo, estaba en el desierto que iba al mar.
Pero de ese tiempo acá, el poeta tuvo su primer designio: la mujer de piel brillante y ternura infinita, la
misma que un día encontró, el mismo día cuando El sol salió de su pecho para no ocultarse más.
Pero antes de encontrarla, el poeta había
buscado caminar en la noche para encontrar esa vía del desierto que llevaba al
mar, y por hacerlo un día le contaron cuán equivocado estaba, pero los dioses
no lo abandonaron y la pusieron en el camino que iba a ella. Desde esa vez dejó
de tener dioses, dejo de tener algo, y se quedó son sólo la sonrisa de ella a
quien compara con la luna, único astro que lo sosiega. Así, el poeta exclama acicateado
por su pasión inmensa:
Me
ocultó entre tu danza
Entre
tu carne magra
Me
refugio
Soy
ese rumor del mar que grita eternamente
Tierra
a la vista
Desde ese encuentro, ya no hay otra manera de ser, más que el
reconocer lo que el poeta cree que es: un
hombre solar eclipsado por su cuerpo mientras danza. Un hombre que grita y
canta:
Las
estrellas anunciaron tu llegada
Mi
cuerpo tiembla al escucharte
Debemos
poblar la tierra y aún no comenzamos
Así fue como el mundo se construyó un día,
antes mucho que los árboles negros poblaran a la tierra, cuando el viento sabía
a manzanas y ambrosía, cuando no había nadie dispuesto a ir a la guerra, tal
vez un par de bestias divinas en busca de placer. Para eso se apagó el
silencio, las luciérnagas, las bujías y los suspiros. Fueron aquellos los
tiempos de insolente ternura, que un día devino hacia la nada –escribe el
poeta.
Por eso, dice que ella ya no estaba ahí donde
había quedado y por eso hoy la busca en todas partes: en la ruta de Odiseo y
hasta en la falda de cualquier muchacha, pero no la encuentra; pese a ello
sigue buscando sus alas en la noche de todos sus días, de las galaxias
impertérritas que lo habita, en su oscura soledad de siempre, y tal vez
encuentre algo, pero no el fuego, el mismo
Que
consume a los amantes,
Ese
que arroja Dios por las venas de la tierra,
Ese
había sido labrado de los campos.
Frente a tal desolación que lo corroe,
frente a la pasión que se levanta como
vastísima muralla inalcanzable, al poeta no le queda sino recordar aquella
noche en que empezó la historia de ella con su danza,
cuando fue testigo de su baile, cuando se dijo para sí como limosnero
hambriento que sueña con cenar un pollo vivo inalcanzable:
Quiero
un poco de esa niebla que te sigue
Que
te busca
De
esa que se disfraza de canción de cuna
Para
ver si logro llevarte a la cama
Y
asir así, tu corazón de naranja derretido por el sol
IV
Para terminar quiero decir otro aspecto que
me gustó del texto: en primer lugar las imágenes del cual se nutren los poemas
y que muestran una honda impresión del poeta frente al erotismo de una
bailarina; en segundo lugar: la musicalidad que se logra imprimir a todo el
texto. Los poemas tienen ritmo y pueden leerse rápido, sin tropiezo. Así,
juntando imagen, ritmo y emoción poética, encontramos, una historia que va
contándose conforme se presentan los poemas: el fuego que consume a dos
amantes: poeta y bailarina. Considero, entonces, que Carne Magra es un texto
bien logrado que los lectores y poetas sabrán apreciar e interpretar lo que
Víctor Grajeda quiso dejar como constancia en esta obra.













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